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- Fuente/Autor: Julio M. Shiling
En una medida decisiva que se alinea con el enfoque renovado de Estados Unidos en los intereses nacionales, la administración Trump estaría buscando un cambio de régimen en Cuba, con el objetivo de desmantelar la dictadura comunista de 67 años para fines de 2026. Esta política, basada en acontecimientos recientes y en imperativos estratégicos, representa una corrección largamente esperada a décadas de dependencia exterior y opresión en la isla. Aprovechando las vulnerabilidades económicas, las colaboraciones internas y la presencia militar, Estados Unidos está dispuesto a restaurar la verdadera soberanía de Cuba, liberándola de los lazos parasitarios que han sostenido un régimen tiránico.
La cuestión de la soberanía
En esencia, el castrocomunismo nunca ha encarnado la verdadera soberanía cubana. Nació y se desarrolló como un títere de las fuerzas internacionales. Desde el principio, la búsqueda del poder de Fidel y Raúl Castro contra el régimen de Fulgencio Batista estuvo entrelazada con la influencia soviética. El espionaje soviético dentro del Departamento de Estado de Estados Unidos tuvo éxito en la promoción de la desinformación, lo que permitió a Moscú reforzar a los rebeldes y ocultar el hecho de que los hermanos Castro tenían conexiones con la URSS. El embargo de armas estadounidense de 1958 desempeñó un papel fundamental en la toma del poder el 1 de enero de 1959, más que cualquier triunfo militar rebelde. El Partido Comunista Cubano, fundado en la década de 1920, era un descendiente directo del comunismo global, concebido y financiado íntegramente por ideólogos extranjeros.
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- Fuente/Autor: Julio M. Shiling
¡Qué diferencia hace un año! En su segundo mandato, el presidente Donald J. Trump no ha perdido tiempo en conducir a Estados Unidos hacia una nueva era de fortaleza, prosperidad y claridad moral. Al cumplir un año desde su toma de posesión el 20 de enero de 2025, la administración Trump ha cumplido sus promesas con medidas decisivas, fomentando el crecimiento económico, restaurando la integridad cultural y reafirmando el liderazgo estadounidense a nivel mundial.
Política doméstica
La agenda interior del presidente Trump se ha centrado en desmantelar las ideologías divisivas y reforzar los principios fundamentales de la nación. Para ello, ha sido fundamental su reversión agresiva del marxismo cultural, que considera una fuerza corrosiva que socava la sociedad estadounidense. A los pocos meses de asumir el cargo, Trump emitió órdenes ejecutivas para cerrar todos los programas de diversidad, equidad e inclusión (DEI) en las agencias federales, calificándolos de discriminatorios e ineficaces. Extendió esta crítica al sector privado, reprendiendo públicamente a las empresas que dan prioridad a la DEI por encima del mérito, y fomentando un cambio cultural hacia la ecuanimidad y la productividad. Además, la administración ha erradicado las estrategias neomarxistas de las instituciones públicas, incluyendo la teoría crítica de la raza, la ideología de género y la teoría crítica queer. La financiación de estos preceptos, tanto a nivel nacional como a través de la ayuda exterior, se ha detenido por completo, redirigiendo los recursos a iniciativas que promueven la unidad y los logros individuales.
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- Fuente/Autor: Julio M. Shiling
Durante más de seis décadas, la política estadounidense hacia Cuba ha oscilado generalmente entre la contención, el compromiso, las sanciones y el apoyo retórico a las aspiraciones democráticas. Lo que se ha mantenido prácticamente sin cambios es la suposición, compartida por muchos observadores bienintencionados, de que la resistencia cívica pacífica, la presión internacional y la liberalización gradual podrían, en última instancia, provocar un cambio de régimen. La historia ha demostrado lo contrario. En los sistemas totalitarios, en particular en los regímenes marxistas-leninistas inspirados en la doctrina estatal castrista, las estrategias no violentas por sí solas no desmantelan el poder. Simplemente coexisten con él.
El renovado énfasis de la administración Trump en revertir los avances comunistas en América Latina refleja un reajuste estratégico que se debería haber hecho hace mucho tiempo. La presencia naval en el Golfo de México y el Caribe, combinada con una acción decisiva contra los bastiones socialistas en Venezuela y, potencialmente, en otras partes del hemisferio, señala el reconocimiento de una realidad fundamental. La fuerza, cuando se aplica de forma legítima e inteligente, sigue siendo el único mecanismo probado para derrocar regímenes totalitarios arraigados.
Las estrategias pacifistas de cambio de régimen han tenido éxito principalmente en sistemas democráticos o semidemocráticos. Se trata de Estados en los que los detentadores del poder están limitados por la ley, la opinión pública o la responsabilidad institucional. Los movimientos no violentos pueden obligar a hacer concesiones en esos entornos porque los gobiernos temen la derrota electoral, el daño a su reputación o las consecuencias judiciales. Los regímenes totalitarios no temen nada de eso. Solo temen la pérdida del control coercitivo.
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- Fuente/Autor: Julio M. Shiling
En la madrugada del 3 de enero de 2026, el mundo se despertó con una noticia impactante: el dictador venezolano Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, habían sido capturados en una operación audaz liderada por Estados Unidos. Aunque los detalles de la redada —en la que, según los rumores, participaron fuerzas especiales de élite, se produjeron interrupciones cibernéticas y se utilizaron recursos de inteligencia locales— siguen envueltos en el secreto, las implicaciones son profundas. Esta intrépida acción supone un cambio radical en la política exterior de Estados Unidos. Apunta a ser un nuevo paradigma destinado a hacer frente directamente al flagelo del socialismo continental en toda América Latina. Durante demasiado tiempo, este cáncer ideológico ha sido financiado por el tráfico ilícito de drogas, lo que le ha permitido propagarse y extenderse. La caída del régimen de Maduro, si se produce, no sería simplemente el derrocamiento de un tirano. Sería un golpe deliberado contra una red que ha envenenado el hemisferio, subvencionada por los beneficios de las drogas y respaldada por adversarios extranjeros.
Las raíces de esta crisis se remontan a décadas de desinterés de Estados Unidos por América Latina. Tras el fin de la Guerra Fría, la atención estadounidense se centró en Oriente Medio, Europa y Asia, dejando un vacío en su propio patio trasero. En este vacío se introdujeron potencias oportunistas: China, con sus inversiones en la Franja y la Ruta y su apropiación de recursos; Rusia, armando regímenes e interfiriendo en las elecciones; Irán, exportando su fervor revolucionario a través de milicias proxy; y Corea del Norte, actuando como sustituto de China en acuerdos armamentísticos y transferencias de tecnología nuclear. Estas naciones explotaron la inestabilidad de la región, apoyando a gobiernos de izquierda que prometían igualdad, pero traían pobreza y represión. Venezuela, bajo Maduro, se convirtió en un ejemplo paradigmático: un Estado fallido donde la hiperinflación, la escasez de alimentos y los abusos contra los derechos humanos se normalizaron bajo el pretexto del «socialismo bolivariano».
Este socialismo no es una reliquia del pasado, sino una forma mutada del comunismo, que evolucionó a partir del colapso de la Unión Soviética en 1991. El Foro de São Paulo, fundado en 1990 por Fidel Castro y Luiz Inácio Lula da Silva, personificó esta adaptación. Proporcionó un modelo para el gobierno dictatorial disfrazado de socialismo «democrático», vinculando los movimientos izquierdistas desde Argentina hasta Nicaragua. En su núcleo se encontraba la Cuba comunista, el nuevo centro imperialista, que ejercía una influencia mucho más allá de las fronteras de su isla. El régimen de La Habana, privado de las subvenciones soviéticas, se reinventó como vanguardia ideológica, exportando médicos, espías y revolucionarios a cambio de recursos. Las vastas reservas de petróleo de Venezuela se convirtieron en el salvavidas de Cuba, con Maduro enviando millones de barriles a precios subvencionados, estimados en más de 30 000 millones de dólares desde 2000. Esta petrodiplomacia se vio aumentada por ingresos más oscuros: el negocio de la droga, en el que funcionarios venezolanos, incluido el círculo íntimo de Maduro, supuestamente facilitaron el tráfico de cocaína a través del «Cartel de los Soles». El trabajo neoesclavista, en forma de trabajos forzados en minas y granjas, engrosó aún más las arcas, convirtiendo el sufrimiento humano en combustible ideológico.
La operación estadounidense contra Maduro supone un rechazo a este statu quo. Al apuntar al hombre fuerte de Venezuela, Washington está señalando su intención de desmantelar el ecosistema más amplio del socialismo continental. El régimen de Maduro no solo fue un fracaso interno, sino también una colonia controlada por Cuba, con el aparato de inteligencia de La Habana integrado en las fuerzas de seguridad de Caracas. Las decisiones militares y políticas venezolanas a menudo requerían la aprobación de Cuba, lo que transformaba a la nación rica en petróleo en un estado satélite. Este modelo se extiende por toda la región, tanto en regímenes como en gobiernos, como en Nicaragua, Brasil, Colombia y México. Es alarmante que estos vínculos se extiendan hacia el norte. Los grupos terroristas marxistas nacionales en Estados Unidos se hacen eco de la retórica del Foro de São Paulo, abogando por luchas «antiimperialistas» que se alinean con la visión del cartel de La Habana. El tráfico de drogas, que canaliza miles de millones de los carteles latinoamericanos a las calles estadounidenses, sirve de puente financiero, blanqueando dinero que apoya indirectamente a estas redes.
Sin embargo, persisten las dudas sobre la eficacia final de la operación. Los detalles de cómo las fuerzas estadounidenses lograron eludir las defensas venezolanas y cubanas apuntan a enormes vulnerabilidades dentro del aparato de inteligencia del castrocomunismo. Más importante aún, ¿allana esta captura el camino para erradicar la influencia marxista-leninista de América Latina? El camino por delante es incierto. El liderazgo interino venezolano debe lidiar con las elecciones, la reconstrucción económica y la purga de infiltrados cubanos y cómplices venezolanos. Una estrategia estadounidense más amplia requerirá un compromiso sostenido: incentivos económicos para contrarrestar los préstamos chinos, alianzas de seguridad para expulsar las armas rusas y presión diplomática sobre los enviados iraníes y norcoreanos. Si no se lleva a cabo, se corre el riesgo de crear un vacío de poder que provoque un caos aún mayor.
No obstante, esta medida es sin duda una buena noticia. Interrumpe el flujo de dinero procedente del narcotráfico y las subvenciones al petróleo que han sostenido la dictadura y el formato imperialista de Cuba durante décadas. Al enfrentarse de lleno al socialismo, Estados Unidos reafirma su papel de líder hemisférico, dando prioridad a América Latina tras años de abandono. No se trata de intervencionismo por el simple hecho de intervenir, sino de un antídoto necesario contra una «enfermedad» que se ha cobrado millones de vidas a través del hambre, el exilio y la represión. A medida que los movimientos socialistas, tanto en el poder como en la oposición, revelan sus vínculos inquebrantables con el castrocomunismo, Estados Unidos debe reconocer la amenaza interconectada. Desde las calles venezolanas hasta los campus universitarios estadounidenses, la ideología persiste y exige vigilancia. El año 2026 ha tenido un buen comienzo. Con Maduro bajo custodia, tal vez el amanecer de una era post-socialista en América Latina esté al alcance de la mano. Estados Unidos ha disparado la primera salva; ahora debe comprometerse con la lucha.
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🖋️Autor Julio M. Shiling
Julio M. Shiling es politólogo, escritor, conferenciante, comentarista y director de los foros políticos y las publicaciones digitales, Patria de Martí y The CubanAmerican Voice y columnista. Tiene una Maestría en Ciencias Políticas de la Universidad Internacional de la Florida (FIU) de Miami, Florida. Es miembro de The American Political Science Association (“La Asociación Estadounidense de Ciencias Políticas”), el PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio y la Academia de Historia de Cuba en el Exilio.
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