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- Fuente/Autor: Julio M. Shiling
Recordemos al Cristo combativo durante la Semana Santa
Una distorsión peligrosa se ha infiltrado en la teología cristiana, tanto en la tradición católica como en la protestante y la ortodoxa. Se ha reinterpretado a Jesús como un conformista pasivo y no violento: de voz suave, infinitamente tolerante, un pastor bondadoso que nunca alzó la voz ni desafió el statu quo. Esta caricatura tiene un propósito: neutraliza el llamado del Evangelio a enfrentarse al mal y reconforta a quienes prefieren una fe que nunca ofende, nunca lucha, nunca traza una línea divisoria. Sin embargo, el relato histórico de la Semana Santa hace añicos esta ilusión. Jesucristo no fue ni pasivo ni conformista. Fue un guerrero de la verdad, intolerante con los malhechores y quienes los apoyaban, y mostró esa combatividad con claridad inequívoca desde el Domingo de Ramos hasta el Viernes Santo. Lejos de ser una figura dócil, encarnó el espíritu mismo de la confrontación justa que las Escrituras exigen de todo creyente.
Jesús era él mismo judío, nacido en la población mayoritariamente judía de la Judea del siglo I. También lo eran sus discípulos. Vivían y adoraban dentro del pacto que Dios hizo con Abraham, Isaac y Jacob. Su misión no era rechazar el judaísmo, sino cumplir sus profecías. Los sumos sacerdotes, escribas, fariseos y saduceos establecidos —que afirmaban hablar en nombre de la fe— se habían convertido en los mismos hipócritas que Jesús desenmascaró. No representaban al remanente fiel de Israel. Representaban a una élite religiosa corrupta que había cambiado la autoridad divina por el poder político y el beneficio económico. Jesús vino a llamar a su propio pueblo a volver a la auténtica fidelidad al pacto, al tiempo que extendía la salvación a las naciones. El cristianismo, nacido del judaísmo, no es, por lo tanto, antijudío. Es la culminación de la historia de Israel. Pero la culminación requería una confrontación.
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- Fuente/Autor: Julio M. Shiling
La Ley Helms-Burton sella el cambio de régimen en Cuba
Mientras Donald J. Trump avanza en su segundo mandato con una iniciativa audaz en Cuba, el secretario de Estado Marco Rubio está desempeñando un papel central en la configuración de la política exterior estadounidense. La Administración ya ha intensificado la presión mediante un bloqueo petrolero de gran alcance. Las autoridades estadounidenses están bloqueando activamente los envíos de petróleo al régimen —mediante la incautación de petroleros, amenazas de aranceles a cualquier nación que suministre combustible y sanciones selectivas— al tiempo que permiten entregas limitadas al sector no estatal de Cuba para evitar el colapso social, incluso entendiendo que estos actores, mayoritariamente, están vinculados al régimen.
Esta campaña de máxima presión ha intensificado la crisis energética de la isla, pero persisten las especulaciones en algunos círculos sobre una posible liberalización económica futura o acuerdos similares con La Habana, sin exigir cambios políticos radicales. Algunos temen una flexibilización prematura de las sanciones; otros esperan un alivio rápido. Ambos grupos pueden estar tranquilos. Cualquier presidente estadounidense, incluido Trump, está estrictamente obligado por la Ley de Libertad y Solidaridad Democrática Cubana (LIBERTAD) de 1996, más conocida como la Ley Helms-Burton. Esta ley codifica el embargo estadounidense y condiciona su levantamiento a reformas democráticas verificables e irreversibles en Cuba. Ningún capricho ejecutivo, ningún acuerdo por la vía extraoficial, ninguna excepción «humanitaria» puede eludirla sin provocar obstáculos legales y parlamentarios.
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La nueva Ley de «Inversiones» de Cuba: la piñata castrista
El 16 de marzo de 2026, el viceprimer ministro y ministro de Comercio Exterior e Inversiones de la Cuba comunista, Óscar Pérez-Oliva Fraga, anunció un cambio radical. Los cubanos que viven en el extranjero —independientemente de su estatus de residencia— ahora pueden invertir, ser propietarios y asociarse en empresas privadas en la isla, incluidos grandes proyectos de infraestructura. El régimen castrista lo presentó como una apertura hacia el exilio y la diáspora. En realidad, este decreto es el acto inicial de un robo de transferencia de riqueza cuidadosamente orquestado, diseñado para blanquear los miles de millones ocultos en paraísos fiscales del castrocomunismo y devolverlos a la isla bajo el pretexto de la inversión privada «legal». Es la transición de Cuba hacia el putinismo.
Los paralelismos con la Rusia postsoviética son inconfundibles. Tras el colapso de la URSS, la nomenklatura —los altos cargos del Partido Comunista, sus familias y el aparato de seguridad— ideó un plan fraudulento de «privatización». Los activos estatales se subastaron a precios de saldo a personas con información privilegiada que ya habían desviado riqueza al extranjero a través de empresas ficticias. El resultado no fue el capitalismo, sino la cleptocracia: una nueva clase oligárquica surgida directamente del antiguo régimen. Cuba está replicando ahora ese modelo. Los miembros del régimen que han depositado fortunas en vehículos offshore pronto «invertirán» esos mismos fondos en su país, adquiriendo la titularidad legal de empresas mientras los cubanos de a pie siguen atrapados en la pobreza. La propia arquitectura financiera de la dictadura hace posible este plan.
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- Fuente/Autor: Julio M. Shiling
La fuerza de EE.UU., o su amenaza, debe usarse en Cuba
Cuba no es simplemente autoritaria. Es un régimen totalitario. Durante más de seis décadas, el aparato castrocomunista ha ejercido un control total sobre todas las esferas de la vida cubana: política, económica, cultural y social. A diferencia de los sistemas autoritarios que toleran esferas privadas limitadas o aperturas graduales, el totalitarismo en Cuba exige una conformidad ideológica absoluta y la erradicación de la sociedad civil independiente. Esta distinción no es semántica. Es decisiva. Las transiciones hacia una democracia genuina desde regímenes totalitarios requieren una reformulación completa de la esfera política. Las medias tintas que se centran en pequeños ajustes económicos por aquí y en una empresa privada limitada por allá no erosionan los cimientos del poder. Por el contrario, afianzan la dictadura al proporcionarle nuevos recursos y legitimidad.
La historia lo demuestra. Las reformas económicas sin un cambio político radical y el establecimiento del Estado de derecho solo consolidan el control totalitario. China, Vietnam y Rusia son ejemplos de ello. La estrategia de supervivencia del régimen castrista siempre ha consistido en obtener concesiones de Occidente al tiempo que preserva su monopolio de la violencia y la ideología. En estos momentos, el castrocomunismo está tratando de ganar tiempo. Espera engañar a la Administración Trump haciéndole creer que el diálogo y los gestos graduales conducirán a un reparto del poder. Esto es una ilusión. La dictadura nunca renunciará voluntariamente al control. La mera amenaza creíble de una acción militar viable —o la acción en sí misma— sigue siendo el único mecanismo capaz de forzar el fin del régimen.
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